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26 de febrero de 2018

¿Estamos atrapados?



15 de diciembre de 2017

Las ciudades y el miedo



30 de noviembre de 2017

3 de noviembre de 2017

El Fanstitter



 
Lo último que pretendió salir bailando del Fanstitter fue una fresa gigante. Una fresa con ojos y boca, una cara feliz del Crusty Crash, ese que estaba de moda. La devolví a la nube cuántica de un revés a dos manos con mi vieja raqueta que siempre estaba a mano cuando se la necesitaba. Fue lo último que pude soportar y me dí de baja de la aplicación.

   Desde hacía demasiado en la línea de tiempo que avanzaba los contenidos del portal cuántico no había mucho de interés. No había nada de interés. Había que bucear entre cientos de entradas innecesarias y contenido basura, eso que llaman spam, para encontrar algo que lo fuese.
Mira, alguna cosa estaba bien como, por ejemplo, primeras páginas de libros en promoción; pero a mí lo que me gustaba era hacerlas pedacitos porque yo soy un envidioso rabioso. Es más, para facilitarme el trabajo me llevaba a esa rebujina de probabilidades re-ordenadas mi trituradora de papel. 

   Qué nefasta la evolución del Fanstitter. Qué enorme frustración. Pensé que la aplicación era el mejor invento para evadirse del mundo real desde la realidad virtual. Vale que esta también te sacaba de la realidad pero tenía el inconveniente de que no te sacaba lo suficiente como para que no cupiese la probabilidad de recibir una colleja sin verla venir. 

   Sucedió que cuando ese flipado de nombre impronunciable consiguió miniaturizar el aparato generador de portales cuánticos para que cupiese en un rollo táctil y lanzó el primer dispositivo Fanstitter —la red social definitiva—, casi todos fuimos raudos a la correspondiente cola a adquirir el nuevo aparato.

   El Fanstitter se vendía como eso que iba a poner patas arriba el submundo de las redes sociales. 

   Básicamente se trataba de la popularización de la tecnología de tele-transporte —en vuestro mundo aún no podéis ni soñar con algo así pero esperad que ya llegará—. No sé. Una de sus opciones de uso consistía en abrir un portal a un espacio personal. Un espacio físico para el disfrute de cada uno situado en el cinturón de asteroides. Una especie de museo de cera que cada usuario compartía y en el que se almacenaban los seguidores o perfiles seguidos, personas o robots (que perfiles creados por inteligencias artificiales también los había). Fanstitter consiguió la licencia para ocupar unas pocas de las miles, millones, de rocas de las situadas entre Marte y Júpiter y las adaptó para ese uso. Los replicantes, alter ego de sus propietarios, estaban en una especie de entrelazamiento cuántico con las personas a las que pertenecían y servían para interactuar con los demás. Muchos, dejándose llevar por la novedad, crearon perfiles, los proyectaron en sus replicantes y luego los abandonaron para siempre jamás. Fanstítteres zombis. Y muchos el prestigio personal lo medían por el número de fanstittéres en su colección. Así que no daban importancia a que esos fanstítteres no abrieran nunca la boca. Contaban como seguidores y punto. A más en la colección, mejor. 

   Creo que ha sido un error por mi parte hablar de un museo de cera. Era, más bien, un museo de los horrores. ¿Por qué? Pues porque en las redes sociales a la verdad no se la encuentra con facilidad, hay que buscarla por los rincones. Antes del Fanstitter y después de su invención y como podíamos personalizar nuestras réplicas y casi todos tendemos a ocultar nuestras inseguridades, muchas réplicas se daban un cierto aire a los famosos. No todas, había quienes se proyectaban en aberraciones, en personajes de dibujos animados, o los que se proyectaban solo en la parte de su cuerpo que consideraban digna enseñar. Cualquier cosa era posible —vamos, echadle imaginación—. Se podía hablar, no sé, con el perfil bueno de alguien, con su tatuaje...

   En fin. Había un uso entrañable que me llenaba de esperanza con cada nueva notificación. Abrir el portal cuántico y dejar entrar en mi salón a mis viejos amigos recuperados. Recibías la sugerencia y al momento te estabas tomando algo en una terraza en Marte con una amiga a la que no habías visto desde la adolescencia; era molón cuando recuperé, de maneras parecidas, el contacto con unas decenas de amigos perdidos. 

   Pero mierda, no duró mucho. Los antiguos amigos dejaron de venir. ¡Claro! porque tenían la mejor de las escusas: tenían una vida distinta de la mía de la que nunca pretendieron salir. O tenían nuevos amigos, o tenían hijos, o seguían siendo perros hasta para conectarse. Nuevas obligaciones...,  lo que sea. Es difícil volver atrás en el tiempo. 

   Fanstitter evolucionó. Si pasabas mucho tiempo sin notificaciones el Fanstitter se las inventaba. Comenzó a informar de chorradas. Sí. Los que se presentaban ahora con una frecuencia, no sé, quizás tan molesta como el zumbido de un mosquito que acaba de picarte a las cuatro de la mañana eran otras... cosas.

   Ayer, Cristiano, el ultra-futbolista replicado me invitó a probar un coche. Un rato después el Messi, también replicante, me trajo natillas.  ¿Pagarían estas réplicas sus impuestos? El otro día, eso sí moló, apareció Marty Mc Fly, para llevarme a dar una vuelta en aeropatín. 

   ¿Por qué? ¿Para esto se habían dejado sus neuronas esas decenas de genios que habían desarrollado la tecnología del tele-transporte? Con lo difícil que era intuir siquiera que demonios era eso de la función de onda, eso del entrelazamiento cuántico, eso del colapso.

   En vez de spam, hubiese estado bien que del Fanstitter hubiese surgido, de vez en cuando, soledad. Pero no. Eso no lo podía hacer Fanstitter. Claro que tampoco hacía falta. Lo bueno y malo a la vez, es que para que entre la soledad no es necesario portal cuántico alguno. La soledad surge de la nada y la nada es eso que no logran entender los niños, eso de lo que surgió todo alguna vez hace unos escasos quince mil millones de años y a la que todos volveréis algún día. A veces la deseas y la mayoría la odias. Algunas veces viene acompañada de la música de Robe Hiniesta, algo bueno, y otras no. 

   Bueno, bueno. Yo estaba hablando del Fanstitter. Ahí sigue. Supongo que languidecerá hasta que otra moda acabe por sustituirla y que la tecnología cuántica del tele-transporte acabará usándose para cosas realmente útiles, supongo que los militares ya lo hacen... que ya lo hacían.

   A mí no me ha venido mal.  Me ha servido para recuperar la afición por el tenis.



©2017, F.J.Samanes

4 de julio de 2017

El síndrome de la rana hervida



El ascensor lleva al menos dos minutos ascendiendo y aún faltan otros cinco para llegar arriba. La cabina está casi a oscuras, la luz es cara y hay que ahorrar. A intervalos cortos de tiempo sufre leves sacudidas que suenan como lo hacen las máquinas que se mueven por raíles. Viajan dos personas y no hablan. 

Dos largos minutos de silencio y penumbra. Posiblemente, esas dos personas ya se habían dicho con anterioridad todo lo que se podían decir y hacía años que no se hablaba del tiempo en los ascensores. Cada uno piensa en sus cosas.

Eva intenta recordar si se ha tomado la vitamina D. Si no lo ha hecho, esa tarde no le servirán de nada los quince minutos de luz solar artificial. Es lo que pasa con las rutinas, que las haces sin ser consciente y luego dudas de si esa mañana en especial te habrás olvidado.

Tomás repasa mentalmente la lista de la compra que tendrá que realizar antes de comer, en el economato. No hay mucho dónde elegir pero la onza de sucedáneo de chocolate no puede faltar en su cesta.

Ambos llevan el casco aún bajo el brazo.

Eva se decide a hablar:
—¿Tú sabes cómo era esa historia de la rana y el agua hirviendo?
—¿Esa de la rana que muere cocinada? —pregunta Tomás, que mantiene la mirada fija en el techo de rejilla.
—Si, esa en la que si se metía la rana en agua hirviendo saltaba fuera pero si se la metía en agua fría y se iba calentando esta, poco a poco, la rana permanecía allí, tan ricamente, hasta morir hervida.
Tomás esboza una leve sonrisa:
—Vaya estúpido cuento. ¡Cómo que la rana se iba a quedar allí! A la que el agua quemase la rana salta seguro.
—Puede ser, sin embargo es una fábula antigua: «el síndrome de la rana hervida». Lo he investigado…
Tomás interrumpe.
—¿En serio crees que va a interesarme?
—¡Joder! Podrías dejar que te lo contase que tampoco tenemos nada mejor que hacer ahora. 
Su compañero de cabina la mira con fastidio:
—Venga va.
—Ya no sé si me apetece. —Si que le apetece. Le gusta presumir de lo que sabe siempre que tiene oportunidad. Tomás lo sabe de sobra y consiente:
—Por favor, por favor, cuéntame lo de la pobre ranita —se burla.
Eva sonríe.
—Vale, a ver, unos dicen que la fábula fue obra de un tal Peter Senge, un ingeniero que teorizó sobre La teoría General de Sistemas, no sé muy bien de que va pero para el caso es lo mismo. Otros que un filósofo francés, no, suizo, llamado Olivier Clerc que la usaba para explicar lo nefastos que son los cambios lentos e imperceptibles que no generan ninguna respuesta. Esa es la que me interesa. Y también hay quien dice incluso, yo no termino de creérmelo, que hay una ley física que explica que si la velocidad de calentamiento del agua es menor a cero coma cero dos grados por minuto…
—¿Celsius o Fahren-Fahrenheit ?
Eva se queda mirando a Tomás un momento. Es un buen compañero, el mejor en quien confiar y que le ha sacado de muchos y graves apuros, pero en ese momento cree que le odia. Le sucede a menudo.
—¡Da lo mismo idiota! Lo que cuenta es el intervalo.
—¡Ja,ja,ja! solo quería pillarte —responde Tomás a carcajadas.
—La cifra exacta no la recuerdo bien. Sigo relatando. La rana se quedará quieta. Si la velocidad de calentamiento es mayor, la rana huye. Dicen que la rana irá ajustando la temperatura de su cuerpo a medida que el agua se calienta, pero eso la va desgastando hasta que está exhausta y llega el momento en el que la rana ya no puede hacerlo y es en ese momento cuando intenta saltar pero ya no le quedarán energías, que ha malgastado en ajustar su temperatura, y se morirá. Mira, incluso he encontrado un viejo vídeo en el archivo —le muestra la pantalla táctil de su rollo electrónico—. Lo siento, está en inglés, pero bueno, subtitulado para que lo entiendas.


—Je, je. Qué sabionda eres. ¿En serio había alguien con un termómetro midiendo la velocidad a la que se calentaba el agua? Joer, los antiguos no tenían problemas muy graves. Oye Eva, ¿tú has visto alguna vez una rana? viva quiero decir.
—Pues no —contesta.

Nunca lo había hecho. Dudaba de que siguiesen existiendo pero, en realidad, lo que le interesa contar es la moraleja que se había formado ella misma de ese cuento. 
—Lo que quiero decir es que es siempre lo mismo. Que, a los antiguos, los científicos se habían hartado de explicárselo una y mil veces. Lo de la rana era solo una manera ingeniosa. Pero inútil, claro. Su salvación depende de ella y no de otras ranas. Decide, o salta o permanece, vive o muere. No hay nadie que se lo impida, sus actos no influyen en nadie más. 
—Sí —asiente Tomás—. Lo malo es que las ranas no razonan.
—Los humanos sí y vaya, para lo que les sirvió…

El sistema automático avisa de que la ascensión terminará en segundos y pone fin a la conversación.
«Ojalá hubiesen podido los científicos decidir por todos», piensa Eva mientras se ajusta el casco.

Se abren las puertas y actúa la polarización fotosensible de su visor para adaptarse a la fuerte iluminación. El agujero en el que viven se encuentra justo debajo del centro de la ciudad y el ascensor se asoma a la superficie en la Plaza Mayor. 

Cincuenta y un grados. La temperatura de ese día de invierno no es demasiado alta y está algo nublado. Al menos, con el casco puesto no podía oír el odioso canto de las chicharras. Una ráfaga de viento trae el polvo que los ciega a ambos. Por suerte ese día no es previsible una tormenta de arena. Eva había visto Wall-e más de veinte veces y aquello se parecía mucho al principio de la peli. 

Aguardan a que despeje y echan a caminar. Hoy no deben ir muy lejos. La plantación está a la vuelta de la esquina.

«¡Si por lo menos hubiesen dejado a tiempo de quemar carbón!». La humanidad no podía saltar de la olla pero pudo apagar el fuego que calentaba el agua. Eva seguía engañándose. Nunca tuvieron la mínima posibilidad. Si la decisión hubiese dependido de una sola persona, quizás..., pero la tragedia de la humanidad fue que su voluntad se formaba de la suma de la de miles de millones, de la de todos y cada uno. Y la mayoría de entre esos miles de millones que se lo podían permitir decidió que era mejor seguir usando el aire acondicionado, que lo del cambio climático, si eso, ya lo irían viendo. 

Bueno, ahora ellos, sus hijos y la mayoría de sus nietos están muertos y Eva tiene que salir al exterior enfundada en un traje marciano a intentar hacer habitable el planeta. 

Los antiguos siempre especularon sobre la terraformación de Marte. Lo tenían todo previsto. Cientos de voluntarios para las primeras expediciones, todos los avances tecnológicos por fin a su disposición, fantásticas naves espaciales... ¡Ja! Ni se les pasó por la mente sospechar que, en un futuro, una tal Eva, superviviente, y su compañero Tomás, Iban a tener que salir de una cabina de ascensor enfundados en trajes diseñados para Marte en el centro de una ciudad antes habitada, intentando aprovechar toda esa sabiduría acumulada para ver y estudiar como hostias terraformar la Tierra.



©2017, F.J.Samanes

15 de mayo de 2017

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