23 de julio de 2015

El rayo verde



España termina a doce millas.
Sí, sí. Limitará al norte con Francia y Andorra, al oeste con Portugal, al sur con Gibraltar y todo eso que enseñan…, pero donde se termina todo el tiempo, seamos correctos, donde linda en casi todo su perímetro con aquello que ya no es España es a doce millas. A veintidós mil doscientos veinticuatro metros de la costa. Y por lo que dice el aparato, el gepeese, ya debo de haber salido de España... No lo sé. Pero tengo suerte, aquí el tiempo es bueno, siempre es bueno. Mucho mejor de lo que lo era en la costa oeste de Escocia y al menos no se oye el odioso canto de las chicharras.
¿Que qué hago aquí...? Preguntádselo a Regino.

A Regino, que pedalea acordándose del comisario y de la breve conversación recién mantenida:
—¿Llamo a la patrullera jefe?
—¿A la patrullera? Venga hombre si está aquí al lado. Anda Regino, súbete al pedal con el socorrista y vete a sacar el cuerpo.
¿Qué otra cosa podía hacer el pobre Regino?
Así que, sin dejar de pedalear, se saca la gorra y se seca el sudor con el puño. Porque hace calor, mucho, y eso que el sol de la tarde comienza a caer hacia Sierra Bermeja pero, joder, aún golpea con fuerza.
Se vuelve hacia los marbelleros que le observan y le señalan desde el paseo marítimo. Mira de reojo a su compañero de pedaleo y, abochornado, vuelve a centrarse en el puto batir de las palas sin decir una sola palabra cuando los bajos del pantalón se le empapan con el último pantocazo jodiéndole el humor un poco más.
«Maldita sea mi estampa. ¿No podía haber ido a ahogarse a otra puta playa?».
—Estaba echando un vistazo con los prismáticos y he visto el cadáver flotando junto a la boya, seguramente lo hayan arrastrado las corrientes —le dice el socorrista intentando romper el hielo.
Regino decide no contestar. No le apetece.
Se vuelve de nuevo. El cabrón del comisario está hablando con el tío ese gordo de Protección Civil.
«Ojalá y le dé un buen dolor de barriga al mamón».
Llega otra patrulla.
«Joputas. ¿Qué rodeo habéis dado para no llegar los primeros?».
Vuelve a calarse la gorra y aprieta el ritmo. Lo único que quiere es terminar de una vez para irse a casa, a Guaro, con sus olivos, sus tomates y sus pimientos.
Entonces golpean con la quilla del patín al chaval que está flotando boca abajo.
—Ya está. Para ahí que voy a ver si alcanzo el cuerpo —dice Regino.
—¡Joder! ¿Ha visto? El muerto está haciendo un corte de mangas. —Es el socorrista el que ha hablado.
—¿A Quién? ¿A ti? —el socorrista mira a Regino. No sabe cómo tomarse la broma—. Venga. Tírate al agua y ayúdame a sacarlo —le pide Regino. 
—¿Al agua? ¿Qué dice? ¿No ha visto las medusas? 
—¿Medusas? —sonríe—. Eso cuando yo era chico eran aguavivas… Está bien ¿Se te ocurre otra forma de sacarlo del agua? 
—No sé, agarrarle como podamos. 
Así lo hacen. Cuando le tiene al alcance, Regino le echa mano a los pelos con una mano y con la otra le agarra el brazo… Y siente una descarga eléctrica que le entra por la punta de los dedos y le sube por el brazo a la velocidad del rayo. Se le atraganta, se le hace sabor en el paladar, olor en la pituitaria y, por último imagen en la retina.
—¿Quién será? —la pregunta le devuelve a la realidad. 
—¿Eh?... Pues un pirado... que quería ver el rayo verde.
—¿Qué es eso? —pregunta asombrado el socorrista.
Na, Una ocurrencia. Además el muerto iba solo y ese rayo hay que contemplarlo en compañía…
«¿Y si hubiese alguien más esperando verlo, Regino? Un flechazo. Breve, intenso, que acabare a los pocos minutos. Alguien me echará así de menos…». Regino niega con la cabeza: «de menos dice». 
—¡Cómo si no dejase de ser un efecto de la luz solar! —grita—. Joer. Lo sabe todo el mundo: los rayos verdes se producen debido a la refracción del sol cuando está muy bajo, casi en el horizonte. Los hay de varios tipos pero lo más usual es que se trate de un espejismo generado en ese instante. Suelen durar uno o dos segundos y lo del color verdoso tiene que ver con la dispersión de la luz. Cuando el sol está alto, la dispersión de la atmósfera no es tan alta y por eso el cielo es azul pero en el amanecer o en el ocaso la dispersión se intensifica eliminando los azules que tienen una longitud de onda más corta, más aún si hay algo de neblina. Además, no es un rayo verde, son dos: uno azul y otro celeste que al mezclarse dan la sensación de ser verdes. 
—Pero, ¡¿cómo lo sabe?! —pregunta el socorrista balbuceando. 
—¿Lo del rayo verde? Ya te lo he dicho. Lo sabe todo el mundo. 
—No. ¡Lo de las intenciones del fiambre! 
—Yo que sé. —dice, «lo habré soñado». 
Regino se cala bien la gorra una última vez: 
«Además hoy la atmósfera estaba demasiado clara para verlo».

Inspirado en la Obra de Julio Verne

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