30 de diciembre de 2015

El desierto de los tártaros



Toda la vida esperando y, al final, no quedan fuerzas...

El desierto de los tártaros.

Drogo llega a la fortaleza Bastiani con la idea de no permanecer allí más de cuatro meses. 
Pero no son meses. La rutina le atrapa. Algo tiene esa fortaleza lejana y Drogo se deja llevar.
Todo lo que quedó atrás carece, con el tiempo, de sentido: sus amigos, su casa, su familia, el amor..., se han convertido en extraños.
Pudo salir pero fueron frustradas las oportunidades. El destino no quería que Drogo abandonara la fortaleza.
Esa rutina, que en la juventud le hechizó, es en la madurez una losa que solo soporta por la esperanza de combatir a los invasores a los que nadie espera ver surgir del desierto del septentrión. Es su última oportunidad para la gloria. Drogo solo tiene a los tártaros. Los que nunca vendrán, a los que nadie espera... Ya llegan y el pobre, viejo Drogo, decrépito, enfermo en su cama y con la única compañía del sonido del agua goteando en el aljibe, no puede combatirlos. Ya no es útil. Drogo estorba. Toda la vida le  ha pasado por delante y Drogo no se ha enterado. Qué cabrón es el destino, Drogo.
Lo aprende demasiado tarde, y, como desquite ante el único fin cierto, el comandante Drogo sonríe.



©2015, F.J.Samanes