julio 04, 2017

El síndrome de la rana hervida


        El ascensor lleva al menos dos minutos ascendiendo y aún faltan otros cinco para llegar arriba. La cabina está casi a oscuras, la luz es cara y hay que ahorrar. A intervalos cortos de tiempo sufre leves sacudidas que suenan como lo hacen las máquinas que se mueven por raíles.
Viajan dos personas.
No hablan. 

Dos largos minutos de silencio y penumbra. Posiblemente, esas dos personas ya se habían dicho con anterioridad todo lo que se podían decir y hacía años que no se hablaba del tiempo en los ascensores. Cada uno piensa en sus cosas.

Eva intenta recordar si se ha tomado la vitamina D. Si no lo ha hecho, esa tarde no le servirán de nada los quince minutos de luz solar artificial. Es lo que pasa con las rutinas, que las haces sin ser consciente y luego dudas de si esa mañana en especial te habrás olvidado.

Tomás repasa mentalmente la lista de la compra que tendrá que realizar antes de comer, en el economato. No hay mucho dónde elegir pero la onza de sucedáneo de chocolate no puede faltar en su cesta.

Ambos llevan el casco aún bajo el brazo.

Eva se decide a hablar:

—¿Tú sabes cómo era esa historia de la rana y el agua hirviendo?

—¿Esa de la rana que muere cocinada? —pregunta Tomás, que mantiene la mirada fija en el techo de rejilla.

—Si, esa en la que si se metía la rana en agua hirviendo saltaba fuera pero si se la metía en agua fría y se iba calentando esta, poco a poco, la rana permanecía allí, tan ricamente, hasta morir hervida.

Tomás esboza una leve sonrisa:

—Vaya estúpido cuento ¡Cómo que la rana se iba a quedar allí! A la que el agua quemase la rana salta seguro.

—Puede ser, sin embargo es una fábula antigua: “El síndrome de la rana hervida.”. Lo he investigado…

Tomás interrumpe.

—¿En serio crees que va a interesarme?

—¡Joder! Podrías dejar que te lo contase que tampoco tenemos nada mejor que hacer ahora. 

Su compañero de cabina la mira con fastidio. —Venga va.

—Ya no sé si me apetece—. Si que le apetece. Le gusta presumir de lo que sabe siempre que tiene oportunidad. Tomás lo sabe de sobra y consiente:

—Por favor, por favor, cuéntame lo de la pobre ranita—se burla.

Eva sonríe...

—Vale, a ver, unos dicen que la fábula fue obra de un tal Peter Senge, un ingeniero que teorizó sobre La teoría General de Sistemas, no sé muy bien de que va pero para el caso es lo mismo. Otros que un filósofo francés, no, suizo, llamado Olivier Clerc que la usaba para explicar lo nefastos que son los cambios lentos e imperceptibles que no generan ninguna respuesta. Esa es la que me interesa. Y también hay quien dice incluso, yo no termino de creérmelo, que hay una ley física que explica que si la velocidad de calentamiento del agua es menor a cero coma cero dos grados por minuto…

—¿Celsius o Fahren-Fahrenheit ?

Eva se queda mirando a Tomás un momento. Es un buen compañero, el mejor en quien confiar y que le ha sacado de muchos y graves apuros, pero en ese momento cree que le odia. Le sucede a menudo:

—¡Da lo mismo idiota! Lo que cuenta es el intervalo.
—¡Ja,ja,ja! solo quería pillarte —responde Tomás a carcajadas.
—La cifra exacta no la recuerdo bien. Sigo relatando. La rana se quedará quieta. Si la velocidad de calentamiento es mayor, la rana huye. Dicen que la rana irá ajustando la temperatura de su cuerpo a medida que el agua se calienta, pero eso la va desgastando hasta que está exhausta y llega el momento en el que la rana ya no puede hacerlo y es en ese momento cuando intenta saltar pero ya no le quedarán energías, que ha malgastado en ajustar su temperatura, y se morirá.

Mira, incluso he encontrado un viejo vídeo en el archivo —le muestra la pantalla táctil de su rollo electrónico.—Lo siento, está en inglés, pero bueno, subtitulado para que lo entiendas.


—Je, je. Qué sabionda eres. ¿En serio había alguien con un termómetro midiendo la velocidad a la que se calentaba el agua? Joer, los antiguos no tenían problemas muy graves. Oye Eva ¿Tú has visto alguna vez una rana? viva quiero decir.

—Pues no —contesta.

Nunca lo había hecho. Dudaba de que siguiesen existiendo pero, en realidad, lo que le interesa contar es la moraleja que se había formado ella misma de ese cuento. 

—Lo que quiero decir es que es siempre lo mismo. Que, a los antiguos, los científicos se habían hartado de explicárselo una y mil veces. Lo de la rana era solo una manera ingeniosa. Pero inútil, claro. Su salvación depende de ella y no de otras ranas. Decide, o salta o permanece, vive o muere. No hay nadie que se lo impida, sus actos no influyen en nadie más. 

—Sí —asiente Tomás.—Lo malo es que las ranas no razonan.

— Los humanos sí y vaya, para lo que les sirvió…

El sistema automático avisa de que la ascensión terminará en segundos y pone fin a la conversación.

«Ojalá hubiesen podido los científicos decidir por todos» piensa Eva mientras se ajusta el casco.

Se abren las puertas y actúa la polarización fotosensible de su visor para adaptarse a la fuerte iluminación. El agujero en el que viven se encuentra justo debajo del centro de la ciudad y el ascensor se asoma a la superficie en la Plaza Mayor. 

Cincuenta y un grados. La temperatura de ese día de invierno no es demasiado alta y está algo nublado. Al menos, con el casco puesto no podía oír el odioso canto de las chicharras. Una ráfaga de viento trae el polvo que los ciega a ambos. Por suerte ese día no es previsible una tormenta de arena. Eva había visto Wall-e más de veinte veces y aquello se parecía mucho al principio de la peli. 

Aguardan a que despeje y echan a caminar. Hoy no deben ir muy lejos. La plantación está a la vuelta de la esquina.

«¡Si por lo menos hubiesen dejado a tiempo de quemar carbón!». La humanidad no podía saltar de la olla pero pudo apagar el fuego que calentaba el agua. Eva seguía engañándose. Nunca tuvieron la mínima posibilidad. Si la decisión hubiese dependido de una sola persona, quizás... Pero la tragedia de la humanidad fue que su voluntad se formaba de la suma de la de miles de millones, de la de todos y cada uno. Y la mayoría de entre esos miles de millones que se lo podían permitir decidió que era mejor seguir usando el aire acondicionado, que lo del cambio climático, si eso, ya lo irían viendo. 

Bueno, ahora ellos, sus hijos y la mayoría de sus nietos están muertos y Eva tiene que salir al exterior enfundada en un traje marciano a intentar hacer habitable el planeta. 

Los antiguos siempre especularon sobre la terraformación de Marte. Lo tenían todo previsto. Cientos de voluntarios para las primeras expediciones, todos los avances tecnológicos por fin a su disposición, fantásticas naves espaciales... ¡Ja! Ni se les pasó por la mente sospechar que, en un futuro, una tal Eva, superviviente, y su compañero Tomás, Iban a tener que salir de una cabina de ascensor enfundados en trajes diseñados para Marte en el centro de una ciudad antes habitada, intentando aprovechar toda esa sabiduría acumulada para ver y estudiar como hostias terraformar la Tierra.

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