3 de noviembre de 2017

El Fanstitter




 
Lo último que pretendió salir bailando del Fanstitter fue una fresa gigante. Una fresa con ojos y boca, una cara feliz del Crusty Crash, ese que estaba de moda. La devolví a la nube cuántica de un revés a dos manos con mi vieja raqueta que siempre estaba a mano cuando se la necesitaba. Fue lo último que pude soportar y me dí de baja de la aplicación.

   Desde hacía demasiado en la línea de tiempo que avanzaba los contenidos del portal cuántico no había mucho de interés. No había nada de interés. Había que bucear entre cientos de entradas innecesarias y contenido basura, eso que llaman spam, para encontrar algo que lo fuese.
Mira, alguna cosa estaba bien como, por ejemplo, primeras páginas de libros en promoción; pero a mí lo que me gustaba era hacerlas pedacitos porque yo soy un envidioso rabioso. Es más, para facilitarme el trabajo me llevaba a esa rebujina de probabilidades re-ordenadas mi trituradora de papel. 

   Qué nefasta la evolución del Fanstitter. Qué enorme frustración. Pensé que la aplicación era el mejor invento para evadirse del mundo real desde la realidad virtual. Vale que esta también te sacaba de la realidad pero tenía el inconveniente de que no te sacaba lo suficiente como para que no cupiese la probabilidad de recibir una colleja sin verla venir. 

   Sucedió que cuando ese flipado de nombre impronunciable consiguió miniaturizar el aparato generador de portales cuánticos para que cupiese en un rollo táctil y lanzó el primer dispositivo Fanstitter —la red social definitiva—, casi todos fuimos raudos a la correspondiente cola a adquirir el nuevo aparato.

   El Fanstitter se vendía como eso que iba a poner patas arriba el submundo de las redes sociales. 

   Básicamente se trataba de la popularización de la tecnología de tele-transporte —en vuestro mundo aún no podéis ni soñar con algo así pero esperad que ya llegará—. No sé. Una de sus opciones de uso consistía en abrir un portal a un espacio personal. Un espacio físico para el disfrute de cada uno situado en el cinturón de asteroides. Una especie de museo de cera que cada usuario compartía y en el que se almacenaban los seguidores o perfiles seguidos, personas o robots (que perfiles creados por inteligencias artificiales también los había). Fanstitter consiguió la licencia para ocupar unas pocas de las miles, millones, de rocas de las situadas entre Marte y Júpiter y las adaptó para ese uso. Los replicantes, alter ego de sus propietarios, estaban en una especie de entrelazamiento cuántico con las personas a las que pertenecían y servían para interactuar con los demás. Muchos, dejándose llevar por la novedad, crearon perfiles, los proyectaron en sus replicantes y luego los abandonaron para siempre jamás. Fanstítteres zombis. Y muchos el prestigio personal lo medían por el número de fanstittéres en su colección. Así que no daban importancia a que esos fanstítteres no abrieran nunca la boca. Contaban como seguidores y punto. A más en la colección, mejor. 

   Creo que ha sido un error por mi parte hablar de un museo de cera. Era, más bien, un museo de los horrores. ¿Por qué? Pues porque en las redes sociales a la verdad no se la encuentra con facilidad, hay que buscarla por los rincones. Antes del Fanstitter y después de su invención y como podíamos personalizar nuestras réplicas y casi todos tendemos a ocultar nuestras inseguridades, muchas réplicas se daban un cierto aire a los famosos. No todas, había quienes se proyectaban en aberraciones, en personajes de dibujos animados, o los que se proyectaban solo en la parte de su cuerpo que consideraban digna enseñar. Cualquier cosa era posible —vamos, echadle imaginación—. Se podía hablar, no sé, con el perfil bueno de alguien, con su tatuaje...

   En fin. Había un uso entrañable que me llenaba de esperanza con cada nueva notificación. Abrir el portal cuántico y dejar entrar en mi salón a mis viejos amigos recuperados. Recibías la sugerencia y al momento te estabas tomando algo en una terraza en Marte con una amiga a la que no habías visto desde la adolescencia; era molón cuando recuperé, de maneras parecidas, el contacto con unas decenas de amigos perdidos. 

   Pero mierda, no duró mucho. Los antiguos amigos dejaron de venir. ¡Claro! porque tenían la mejor de las escusas: tenían una vida distinta de la mía de la que nunca pretendieron salir. O tenían nuevos amigos, o tenían hijos, o seguían siendo perros hasta para conectarse. Nuevas obligaciones...,  lo que sea. Es difícil volver atrás en el tiempo. 

   Fanstitter evolucionó. Si pasabas mucho tiempo sin notificaciones el Fanstitter se las inventaba. Comenzó a informar de chorradas. Sí. Los que se presentaban ahora con una frecuencia, no sé, quizás tan molesta como el zumbido de un mosquito que acaba de picarte a las cuatro de la mañana eran otras... cosas.

   Ayer, Cristiano, el ultra-futbolista replicado me invitó a probar un coche. Un rato después el Messi, también replicante, me trajo natillas.  ¿Pagarían estas réplicas sus impuestos? El otro día, eso sí moló, apareció Marty Mc Fly, para llevarme a dar una vuelta en aeropatín. 

   ¿Por qué? ¿Para esto se habían dejado sus neuronas esas decenas de genios que habían desarrollado la tecnología del tele-transporte? Con lo difícil que era intuir siquiera que demonios era eso de la función de onda, eso del entrelazamiento cuántico, eso del colapso.

   En vez de spam, hubiese estado bien que del Fanstitter hubiese surgido, de vez en cuando, soledad. Pero no. Eso no lo podía hacer Fanstitter. Claro que tampoco hacía falta. Lo bueno y malo a la vez, es que para que entre la soledad no es necesario portal cuántico alguno. La soledad surge de la nada y la nada es eso que no logran entender los niños, eso de lo que surgió todo alguna vez hace unos escasos quince mil millones de años y a la que todos volveréis algún día. A veces la deseas y la mayoría la odias. Algunas veces viene acompañada de la música de Robe Hiniesta, algo bueno, y otras no. 

   Bueno, bueno. Yo estaba hablando del Fanstitter. Ahí sigue. Supongo que languidecerá hasta que otra moda acabe por sustituirla y que la tecnología cuántica del tele-transporte acabará usándose para cosas realmente útiles, supongo que los militares ya lo hacen... que ya lo hacían.

   A mí no me ha venido mal.  Me ha servido para recuperar la afición por el tenis.



©2017, F.J.Samanes