30 de noviembre de 2017

¿Quién necesita un Death Note?




Sucedió que las puertas del balcón se abrieron por una violenta y fría ráfaga de aire, que las cortinas ondearon y que un viejo y ajado cuaderno de anillas, de los que los niños usan en el colegio, descendió volando y se posó, abierto, sobre las baldosas del suelo del exterior...

«¡No será un...!».

La noche era desapacible fuera. ¡Ah! Oír llover desde detrás de una ventana en el sofá con una mantita. Delicioso plan, ¿no es cierto? Sí pero ¡hostia!, no es un plan posible. ¿Quién tiene tiempo de mantitas en el sofá?

Era, simplemente, el mal final de un mal día que comenzó con un chaparrón traicionero de esos en los que llueve de lado y para el que no hay paraguas posible; que cala los zapatos y deja los calcetines empapados toda la jornada. 

Irascio Se ponía nervioso cuando llovía..., la gente, en general, se desquicia cuando llueve. Más fuerte llueve, peores caras y peores modales. Nadie sabe caminar con un paraguas. Nadie sabe cruzarse con otro, paraguas en mano. 

Que bien le hubiese venido un Death Note a Irascio ese día. Lo deseó de veras.

Lo había leído en un cómic japones de esos a los que era aficionado. Los Death Note, cuadernos de muerte, te los prestaba un dios de la muerte, un Shinigami, y la persona cuyo nombre el poseedor del cuaderno escribiera en sus páginas moriría en pocas horas. Era eso de manera resumida.

El día no mejoró. Siguió siendo uno de m... que ahora por fin llegaba a su fin con las puertas del balcón abiertas de par en par y la lluvia entrando a rachas y lo que había caído que parecía ser un... parecía, porque había caído boca abajo.

—¿No piensa cogerlo?

Un dedo frío le tocó en la espalda como lo hace alguien que quiere llamar la atención. ¿Frío? Vestido con un pijama de franela no podría notarlo. Frío, sí, lo notó. Frío de verdad. 

Quien habló, surgiendo de la nada, era una pequeña Shinigami. Era fea, o no exactamente. Desagradable, con pinchitos a la espalda. Un ser de sonrisa escalofriante.

Irascio dio un paso atrás:

—¡Vaya! Tengo un mal día y tu apareces para arreglármelo, ¿eh? 
—Creía que era lo que deseaba.
—Ya. Y de paso me arreglas toda la vida. ¿Qué pensáis vosotros los demonios? ¿Que lo podéis solucionar todo? ¿Que estáis por encima de bien y mal? ¡Joder, si ni siquiera creo en vuestra existencia! Mira. No lo quiero. ¡No soy un maldito asesino! Paso de tocarlo, no quiero un Death...
—Da gusto acabar con aquellos que se lo merecen —le interrumpió la pequeña—, pero yo no mato. No me dio tiempo a aprender. Yo soy algo así como una diosa del sufrimiento y no sé como se dice en japonés porque no lo hablo. Así que —dijo señalando el cuaderno—, le propongo que lo pruebe.

Irascio lo cogió. El cuaderno era de pauta, o sea de esos de dos rayas, y en la portada de cartón, escrito en una caligrafía infantil se leía:


Cuaderno de dolor de barriga

En su primera página con la misma caligrafía torpe estaban escritas las reglas:


Reglas del cuaderno de dolor de barriga: 
  • Cualquier persona descrita en el cuaderno mientras se piensa en ella sufrirá un dolor de barriga. NO hace falta conocer su nombre. ¿Para qué? 
  • Si no se especifica el cuando, el dolor de barriga será instantáneo. 
  • Este cuaderno pertenecerá al mundo humano una vez que toque el suelo de este mundo... porque, que se sepa, no existen mundos no humanos. 
  • El humano que use este cuaderno no podrá ir al cielo o al infierno pues lo más seguro es que tampoco existan. 

Levantó la vista de la página y se dirigió a la demonio:
—¿Entonces, con esto no puedo matar a nadie?
—Como no se lo haga tragar y se atragante.
—Lo guardaré entonces. 
—Úselo bien —le dijo la pequeña demonio—. Nunca se sabe... ¡Mire tío, detrás de usted!

Irascio miró pero lo único que había detrás era el cuadro enorme que llenaba una de las paredes del salón. La demonio le había engañado para desaparecer fuera de su vista.

Un cuaderno que retorcía tripas. Irascio se sentó nervioso y comenzó a pensar en posibilidades:

«Así, en frío, no soy capaz. A ver, ¿políticos, lideres mundiales, algún cabrón o cabrona universal?».

Demasiado grande. Algo más cotidiano era lo que quería:

Se le ocurrió buscar en internet con el móvil cosas que fastidian, y encontró un artículo en el que se hacia una lista a partir de una encuesta:

  1. Que se te cuelen en una cola. 
  2. La mala educación, en general. 
  3. La gente que no escucha. 
  4. Escupir en público. 
  5. Que nos dejen a la espera al teléfono. 
  6. Los gorrones. 
  7. La gente que piensa que las reglas no se aplican a ellos. 
  8. Usar el teléfono móvil al conducir. 
  9. No decir “gracias” o “por favor”. 
  10. Los traidores. 
  11. Los atascos. 
  12. Las comisiones por sacar dinero.
  13. Los vagos. 
  14. La gente que llega tarde. 
  15. El exceso de velocidad en áreas urbanizadas. 
  16. El precio de la gasolina. 
  17. Que se manche con lejía nuestra ropa favorita. 
  18. La gente que come haciendo mucho ruido o sorbiendo. 
  19. Las cajas autoservicio de los supermercados. 
  20. El ruido de un taladro un sábado por la mañana. 
  21. La gente que conduce por el carril del medio. 
  22. La ignorancia y la superficialidad. 
  23. Los conductores que ignoran los pasos de cebra. 
  24. Las personas que ocupan dos asientos en los trenes. 
  25. Insultar a la gente por la espalda. 
  26. Tener que repetir las instrucciones a un niño. 
  27. Los fumadores. 
  28. Pagar por usar el baño en las estaciones de tren. 
  29. Los ciclistas que se saltan los semáforos. 
  30. Olvidar los kleenex en la lavadora. 

Lo de los kleenex no le había sucedido nunca y lo de la lejía en la ropa era un fastidio pero la venganza no se podía enfocar en nadie en particular. Tampoco servía. No tenía nada en contra de los vagos y podía pagar sin problemas por usar el baño... A los niños no les iba a provocar un dolor de barriga aunque... ¡No! Decidió aplicarse en los adultos..., digamos en los mayores de once años y de esos había aún muchos ejemplos en esa lista. A ese cuaderno le iban a faltar hojas. 

Al día siguiente, por la tarde, mientras su niña jugaba en el parque cercano, Irascio se sentó en un banco y se dedicó a observar. Buscaba posibles víctimas para estrenar el cuaderno que sabía que no tardarían en aparecer.

Y pensaba: «aquellos que no son amables». Si había algo que no soportaba es que no le tratasen con amabilidad. No pedía más. Y no soportaba a quienes escupen cascaras de pipa al suelo, tiran colillas, papeles... Ni la del coche que entra al garaje a las tantas con la música de la radio a toda pastilla..., al capullo descerebrado que está a punto de provocar un accidente cuando se pone a repartir cromos en la acera de poco más de ochenta centímetros de ancho en la puerta del cole..., a quien echa ráfagas luminosas mientras se acerca a toda velocidad por detrás en la carretera, a quien pasea al perrito furtivamente de madrugada para que no veamos que no recoge...
Las madres de las pipas no tardaron en aparecer y allí estaba Irascio, lápiz en mano.

No pasó mucho rato, las madres se miraron, luego a los paquetes de pipas, luego se echaron mano a la barriga, y a correr.

Más. Había cerca un paso de peatones y a los dos minutos ya había uno que no se había parado e Irascio aún tenía la punta del lápiz afilada.

Ciento cincuenta metros más adelante, frenazo, ruedas sobre la acera y conductor saliendo doblado.

E Irascio lo apuntilló: 

El del coche, por aparcar encima de la acera.

Ya ven. ¿Para qué iba a querer Irascio un definitivo Death Note? Ese cuaderno era mejor, de largo, para saciar sus ansias sádico-justicieras. Porque nunca, nunca está de más desearle al prójimo un repentino, inofensivo y pasajero dolor de tripas..., la venganza silenciosa. Estaba muy, muy bien. Estaba... Irascio comenzó a sentirse mal. Sintió el fuerte pinchazo y..., se manchó los pantalones.

Jodida niña demonio del demonio. Había repartido más de un cuaderno en el barrio.



©2017, F.J.Samanes