15 de diciembre de 2017

Las ciudades y el miedo



Apartir de la fascinación que siente quien escribe por Las ciudades invisibles de Italo Calvino, surge la idea de este pequeño (o gran) reto de construir una ciudad propia, un pequeño homenaje.

Las ciudades invisibles se presentan como una serie viajes que Marco Polo le relata a Kublai Kan, el gran Kan. Es la suma de muchos poemas agrupados por categorías en, a saber: las ciudades y la memoria, las ciudades y el deseo, las ciudades y los signos, las ciudades sutiles o las ciudades escondidas... (son algunas categorías más).
Por voz de Marco Polo, Calvino imagina una multitud de ciudades que, todas con nombre de mujer, son lugares irracionales e imposibles relatados al emperador de los mongoles, de los tártaros en la obra, lo que es justificado por el autor porque al descendiente de Gengis Kan, que era emperador de los mongoles, en su libro, Marco Polo lo llama Gran Kan de los Tártaros y así quedó en la tradición literaria.

Dice el mismo Italo Calvino en una conferencia que Las ciudades invisibles  es casi un reflejo de su estado de animo. Que a veces se le ocurrían ciudades tristes, otras veces alegres y que se había convertido en una suerte de diario en el que reflejar su estado de humor y reflexiones.

Algún profesor, no es fácil recordar cuál, cuando estudiaba arquitectura dijo que es uno de esos libros que todos los arquitectos deberían leer. Dijeron muchas tonterías cuando estudiaba y esa no fue de las peores.

En definitiva, es un reto. A ver que sale.



Las ciudades y el miedo

Fearilia no es una ciudad desierta pero en sus calles el viajero no encuentra a nadie. Le advirtieron que la calma allí se toca y que oculta a quienes la habitan. Que recorre las calles como el viento y que barre los sonidos, los empuja muy adentro de sus casas y los encierra.

Si acaso hallará coches de oscuras lunas que si el viajero los siguiese vería que emergen de los subterráneos, recorren Fearilia y vuelven a sumergirse en los sótanos del destino.

Se pregunta si es que hay algo malo en el aire pero es límpido y fresco y piensa: «¿pudiera ser que huela a miedo?».

En las casas de Fearilia los huecos son menguantes. Las ventanas, que se abocinaron torpemente, se alejaron los espléndidos dinteles. Los alfeizares, que una vez lo fueron, y que ahora no son sino cicatrices de mármol en los muros remendados. Las jambas, por el contrario, se acercaron, y los arcos se cegaron dejando sus claves de serlo.

No. Fearilia no está desierta y siente las ondas que vienen de lejos a todas y cada una de las antenas que despuntan en todos y cada uno de los tejados.

Le dijeron al viajero que Fearilia no fue así antes. No hasta que llegó la primera pantalla y les mostró cómo era el mundo y a los que la habitaban se les oprimió el corazón hasta casi ahogarlos.

Sabe pues que sus habitantes navegan las perturbaciones electromagnéticas que agitan el aire. Porque si pequeñas son las ventanas, crecientes son las pantallas, las que llegaron tras la primera y a las que se asoman ahora en Fearilía. Que por ellas entran las tragedias ajenas, las desgracias ajenas, los crímenes lejanos y las guerras lejanas.

Si pregunta, le dirán que en Fearilia nunca ha sucedido nada malo. Porque bien sabe el viajero que en pocos lugares suceden esas cosas y que a pocos les afectan. No pasan aunque prefieren ignorarlo en Fearilia quienes creen que encerrados tras sus puertas y sus muros están seguros y piensan: «¿cómo pudimos ser tan ingenuos? Ahí fuera suceden cosas terroríficas». 

©2017, F.J.Samanes